Cansancio
Cansancio
El día comienza a las seis de la mañana. Un mate cocido y una tostada. Despierto a los chicos, les hago la leche y los dejo con el papá. Él los lleva a la escuela. Yo me voy caminando hasta la ruta, espero el colectivo que viene lleno. Me tomo el tren Sarmiento, me dejo empujar para poder subir. Ahí me quedo apretujada, cuidando mis cosas y que ninguno se haga el vivo, voy hasta Estación San Pedrito. Cuando salgo acomodo el cuerpo y me fijo que no me falte nada. Camino hacia Avenida Avellaneda. Llego a Yerbal, bajan la barrera y tengo que esperar para cruzar las vías del tren. Llego al negocio donde trabajo de vendedora. Ya abrió, me retrasé cinco minutos, como mucho.
- Otra vez tarde- me dice la dueña. Entonces te toca limpiar los vidrios.
Cumplo sin protestar y después acomodo ropa, atiendo clientas. Todo el tiempo parada.
Como algo, lo que venga.
A las siete de la tarde salgo y vuelvo a hacer el mismo recorrido al revés.
Parada, apretujada, busco lugar cerca de ventanas que escasean y espero poder llegar a casa.
Llegué - digo - cuando entro.
Ahí me doy cuenta de todo el cansancio acumulado. Me cae de golpe encima y me pega muy fuerte.
Y veo las caras de los chicos y de mi marido.
Me pregunto se si puede tener esperanza en la vida con tanto cansancio.
Teresita Sibemhart
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